20 de julio de 2010

Crisis del euro, crisis de la Unión Europea

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por Jean-Claude Paye

Lejos de ser resultado de la acción de la «invisible mano del mercado», la crisis del euro es fruto de una estrategia pacientemente preparada por Christina Rohmer y el Comité de Consejeros Económicos de la Casa Blanca. El objetivo es salvar la economía estadounidense obligando los capitales europeos a cruzar el Atlántico en busca de protección y poniendo en definitiva bajo control estadounidense la economía de los Estados de la eurozona, a través del FMI y de la propia Unión Europea. Jean-Claude Paye analiza las primeras etapas del proceso actualmente en marcha.
La crisis del euro es el resultado del de una decisión política, una decisión deliberadamente escogida por las autoridades de la Unión Europea, cuyo objetivo es la de empeñar y debilitar el euro comunitario en vez de restructurar la deuda pública griega. Una restructuración de dicha deuda habría resguardado y protegido al euro pero habría exigido una contribución de los bancos, los cuales perdían una parte de sus créditos en la operación. Las instituciones financieras [comerciales privadas] francesas habrían soportado o perdido alrededor de 50 mil millones de la deuda griega si hacemos el balance de sus cuentas, mientras que 28 mil millones habrían sido a cargo de los bancos alemanes [1].

Sin embargo, la protección para salvar algunos miles de millones de euros de las instituciones financieras no justifica que se tome un tal riesgo que perjudique y debilite al euro. La clave fundamental de todo esto, es decir poniendo la presión sobre la moneda común [el euro], es el de hacer pagar la crisis a los trabajados que perciben un salario y efectuar de esta manera una gigantesca transferencia de ingresos (de beneficios y/o ganancias) hacia las empresas comerciales, principalmente hacias las instituciones financieras.

Una ofensiva bajo dirección estadounidense

El tamaño de la transferencia es tal que puede ser piloteada únicamente por las instituciones financieras europeas, pero conducido por los mercados y su brazo armado, es decir la administración estadounidense.
La crisis del euro fue desencadenada por un ataque bien concentrado de agencias de notación estadounidenses como la Standard & Poor’s, Moody’s y Fitch [primeramente] contra la deuda de Grecia, de España y de Portugal.

La baja de las notas de estos tres países por las agencias norteamericanas, sobre todo aquella que tenía que ver con Grecia, relegada a un segundo plano, a la categoría de inversiones especulativas, es la consecuencia de una acción coordinada y concentrada. La baja de notación [calificación financiera de la deuda griega] es la continuación de una serie de decisiones repetidas y en poco tiempo. Estos ataques han sido apoyados por el aparato estatal US, sobre todo por las declaraciones alarmistas [generando pánico en los inversores] del consejero económico del presidente Obama, que fue a su vez un ex presidente de la Reserva Federal de los EEUU, me refiero a Paul Volker, quien habló de una futura desintegración de la zona euro.

El ataque contra el euro aparece como un pretexto sobre todo cuando se sabía que «desde 2004 las autoridades griegas hacían trampas en sus cuentas» [2] y todo esto sin ninguna reacción de las agencias de notación en su contra.

Esta ofensiva contra el Euro es en primer lugar una acción destinada a llevar hacia los Estados Unidos los capitales extranjeros necesarios para la cobertura del déficit creciente de la balanza financiera de Estados Unidos.

Es una señal de advertencia destinada a países como China que había empezado a reequilibrar sus reservas de divisas comprando euros en detrimento del dólar. Para Estados Unidos se trata, en efecto, de una cuestión urgente. Hasta 2009 la financiación de sus déficits y la defensa del dólar estaban asegurados por un saldo positivo de los flujos financieros. Pero durante ese mismo año, si bien el movimiento de los capitales sigue siendo positivo, ya no logra compensar los déficits. En un montante [monto] de 398.000 millones de dólares [3] el saldo se vuelve negativo. A nivel puramente económico, la ofensiva contra el euro está en la misma vena que la lucha contra el fraude fiscal iniciada por el presidente Obama en 2009 [4]. Se trata trata de aspirar, chupar los capitales con dirección al regazo de Estados Unidos.

Una operación para desmantelar la Unión Europea

Esta acción táctica va acompañada de una operación estratégica, la de un movimiento de desmantelamiento de la Unión Europea a beneficio de una unión económica que cubra ambos continentes, cuya manifestación más visible es el proyecto de creación de un gran mercado trasatlántico [5]. En función de este segundo objetivo se puede comprender la actitud de Alemania que tanto a nivel de la lucha contra el fraude fiscal como al del ataque contra el euro ha proporcionado apoyo a la ofensiva estadounidense. Esta actitud es coherente con el compromiso privilegiado de este Estado europeo en el establecimiento de una unión económica trasatlántica.

La Unión Europea se construyó en torno a Alemania y se estructuró según sus intereses. Alemania, país que económicamente era el más eficiente en el momento de la instalación del gran mercado, sin apremio político, sin gobierno económico y transferencias importantes a las zonas desfavorecidas, pudo hacer que actuaran sus ventajas económicas comparativas. Hasta este año la zona euro absorbe tres cuartas partes de las exportaciones alemanas [6]. Tanto por medio de las declaraciones de sus responsables políticos y de sus banqueros como por medio de la repetida exhibición de sus dudas, ha contribuido a la eficacia de la ofensiva contra el euro. Para Alemania los beneficios de esta acción son inmediatos. La bajada de la moneda común permite aumentar las exportaciones alemanas fuera de la zona euro. Además, este país puede financiar mejor sus propios déficits. La crisis y la huida hacia la calidad que engendra permiten a las obligaciones alemanas situarse con una tasa de interés reducido.

Si da la impresión de que a largo plazo Alemana está aserrando la rama sobre la que está sentada es que ha decidido cambiar de rama y quiere integrarse en un conjunto más amplio: el gran mercado transatlántico. La «construcción europea» está en la encrucijada. Si hasta ahora ha permitido un desarrollo permanente de Alemania, este proceso no puede continuar según las mismas modalidades. La UE no puede salir de la crisis sin establecer un gobierno económico que administre una política económica común, una armonización del desarrollo y, para ello, asegurar las transferencias financieras consecuentes hacia los países y regiones más desfavorecidos.

Esta gestión política está en completa oposición con el simple pacto de estabilidad promovido por Alemania. La política presupuestaria de disminución acelerada de los déficits que se ha vuelto a imponer en nombre de este pacto se va a hacer en detrimento del poder adquisitivo de las poblaciones y no se puede realizar sin una recesión económica. La zona euro no puede seguir siendo la salida privilegiada de las exportaciones alemanas. Alemania ha elegido: el gran mercado transatlántico y el mercado mundial.

Bajo la tutela del FMI

En vez de reestructurar la deuda de los países en quiebra, lo que habría hecho recurrir a los bancos, Europa ha establecido dos fondos de intervención. Tanto los 110.000 millones de euros de ayuda a Grecia como los 750.000 millones de préstamos y de garantías tienen por objeto someter a los países receptores a las condiciones del FMI, en el que Estados Unidos tienen la mayoría de los derechos de voto. En caso de depresión o incluso de estancamiento económico, la política de consolidación de los gastos públicos está abocada al fracaso. Los 750.000 millones [7]. que se han previsto de ayuda servirán para reembolsar a los bancos en detrimento del poder adquisitivo del contribuyente y este pago a las instituciones financieras aumentará en la misma proporción la recesión. Este dispositivo de socorro está previsto que dure durante tres años.

Aunque nada impedía asumir el volumen íntegro del fondo, el Eurogrupo prefirió dejarse amarrar al FMI, donde Estados Unidos dispone de la mayoría de los votos. Esa sumisión voluntaria reproduce, en una versión más amplia, el esquema ya construido anteriormente en el caso de Grecia. Este último programa alcanza un monto de 110 000 millones de euros, de los que 30 000 provienen del FMI.

¿Qué significa la decisión del Consejo Europeo de incluir al FMI en el sistema instaurado para socorrer a los países de la eurozona? Si echamos un vistazo a las recetas que aplica esa institución internacional a los países que reciben sus préstamos, comprobaremos que el modus operandi es siempre el mismo: impone una reducción del salario directo e indirecto, la privatización de los servicios públicos y la supresión de las políticas sociales. La política del FMI siempre ha dado lugar a un empobrecimiento de los pueblos [8].

En caso de depresión, o incluso de estancamiento económico, la «política de consolidación de los gastos públicos» está condenada al fracaso. Los 750 000 millones de ayuda ya previstos no servirán más que para rembolsar a los bancos en detrimento del poder adquisitivo de los contribuyentes y la entrega de esa suma a las instituciones financiera agravará la recesión en la misma medida. La imposición del tutelaje del FMI y la creación de fondos de ayuda a los bancos son por lo tanto dos aspectos complementarios de una misma política. Se trata, en realidad, de concretar una importante redistribución de los ingresos a favor de las empresas financieras.

¿Qué futuro tiene la Unión Europea?

Una operación de ese tipo contra los ingresos de los pueblos tiene que pasar por la neutralización de todo proceso de decisión a nivel de los Estados nacionales –estructura que aún proporciona a la ciudadanía algunos medios de defensa– en beneficio de los mecanismos del mercado, situados totalmente fuera del alcance de cualquier tipo de presión de carácter político. El problema es saber qué papel van a desempeñar las instituciones europeas en ese proceso tendiente a dejarnos a merced de los mercados financieros.

La primera respuesta a esa interrogante es el acuerdo que estipula que los presupuestos de los Estados de la eurozona se someterán a la tutela de un organismo conformado por la Comisión, el Banco Central Europeo y el Eurogrupo.

Bruselas penalizará a los países que no logren reducir su deuda a menos del 60% del PIB. El texto incluye la posibilidad de imponerles sanciones incluso en que caso de que no lleguen a sobrepasar el actual límite del 3% del PIB que se establece en el Pacto de Estabilidad. La idea es tener la posibilidad de poner en marcha una serie de procedimientos, por exceso déficit, contra los países que no logran reducir su deuda lo suficiente [9]. Tampoco se excluye una posterior modificación de los tratados para anular el derecho de voto de esos Estados en las reuniones ministeriales.

Está llamado a generalizarse el modelo alemán, que cuenta con el apoyo de Francia, y que consiste en convertir el equilibrio presupuestario en un principio incluido en la Constitución, lo cual eliminaría definitivamente la posibilidad, ya actualmente muy tenue, de adoptar iniciativas presupuestarias. La situación de los Estados miembros ante la Unión Europea sería entonces similar a la situación de los Estados que componen los Estados Unidos ante la autoridad del gobierno federal. No se trata, sin embargo, de fortalecer la construcción europea sino, por el contrario, de consolidar el poder de los mercados liquidando toda posibilidad de iniciativa política.

La construcción europea fue impuesta por Estados Unidos, el cual después de la [Segunda] guerra [Mundial] la convirtió en la condición para conceder las ayudas del Plan Marshall [10]. La construcción se realizó en torno a Alemania, cuyos intereses inmediatos eran complementarios de los de Estados Unidos.

El ataque contra el euro y la operación de desmantelamiento de la Unión Europea resultan también de una ofensiva lanzada por Estados Unidos y de la que han tomado el relevo la primera economía del antiguo continente, así como las instituciones de la UE. La Comisión y el Consejo confirman así su participación en la descomposición de la Unión y su integración en una nueva estructura política y económica transatlántica bajo la dirección de Estados Unidos, un papel que ya ha desempeñado a través de las negociaciones de los acuerdos sobre la transferencia de datos personales de los ciudadanos europeos a Estados Unidos [11] y de las que tienen por objeto la creación de un mercado que reagrupe a ambos continentes.

Poner el sistema de administración económica de Europa bajo la tutela del FMI constituye una etapa suplementaria en la eliminación de toda la capacidad de iniciativa de los países miembros de la Unión Europea así como una fase de transición con vistas a su integración a un bloque transatlántico. Se mantendrá el euro, pero no será más que un cascarón vacío. La supresión de la moneda común no es conveniente ni para Alemania –para la economía alemana, un regreso a un DM valorizado como moneda refugio equivaldría a un suicidio [12] –ni para Estados Unidos– que no tiene ningún interés en extender la soberanía de su propia moneda y el uso de los privilegios que ella implica.

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[1] Paul Seabright, « Ce sont les banques que l’on sauve, pas la Grèce », diario francés Le Monde, le 17 mai 2010 (Son los bancos los que son rescatados en la crisis financiera griga y no la Grecia).

[2] Declaración de Jean Arthuis, presidente de la Comisión de Finanzas en el Senado francés, in «Grèce: le rôle des agences en question» (interrogante acerca del comportamiento de las agencias de notación), AFP, 28 de abril de 2010.

[3] «Les flux financiers et la pérennité du dollar», Economie et crise aux USA-Blog diario francés Le Monde.fr, 19 de abril de 2010.

[4] «G-20: definiendo quien manda en los mercados financieros», y «Lutte contre la fraude fiscale ou main mise sur le système financier international?», por Jean-Claude Paye, Réseau Voltaire, l9 de abril y 3 de marzo de 2009.

[5] «El futuro gran mercado transatlántico», Red Voltaire, por Jean-Claude Paye, 18 de febrero de 2009.

[6] Michel Aglietta, «La longue crise de l’Europe», Le Monde, 17 de mayo de 2010.

[7] «La zone euro met en place son fonds de secours historique» (La zona euro coloca una suma de dinero de ayuda urgente sin precedentes históricos), agencia de noticias francesa AFP, 7 de junio de 2010.

[8] Raphael Massi, «Le FMI attaque» (El FMI ataca), International Nieuws Agoravox, 13 de junio de 2010.

[9] Guillaume Errard, «Déficits: Bruxelles devra valider les budgets nationaux» (Deficits, Bruselas deberá validar los presupuestos nacionales), diario francés Le Figaro.fr, 6 de junio de 2010.

[10] «Historia secreta de la Unión Europea», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 16 de enero de 200, y «L’histoire du Bilderberg racontée à Y. Calvi et J.F. Khan» (La historia del Bilderberg contada a Y. Calvi et J.F. Khan), por Laurence Kalafatides, Oulala.net, 20 de mayo de 2008.

[11] «Nuevo abandono de la soberanía europea», por Jean-Claude Paye, Red Voltaire, 20 de diciembre de 2009.

[12] Jean-Michel Vernochet, «€uro: la hipótesis de lo peor», Red Voltaire, 18 de mayo de 2010.

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Fuente: Red Voltaire
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20 de junio de 2010

Una estafa detrás de otra

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"Los Estados le dieron a los bancos privados el privilegio de crear dinero emitiendo deuda con la excusa de que eso era necesario para financiar la actividad de las empresas y los consumidores. Pero en los últimos treinta años, la banca internacional multiplicó la deuda para financiar los mercados especulativos y para ganar dinero simplemente comprando y vendiendo más dinero, y no para financiar a la economía productiva. Esta es la primera estafa..."

Añadir imagen La crisis, una estafa detrás de otra
Juan Torres López

La Real Academia Española de la Lengua define de dos modos el verbo estafar. Como pedir o sacar dinero o cosas de valor con artificios y engaños y con ánimo de no pagar, y, en sentido jurídico, como cometer alguno de los delitos que se caracterizan por el lucro como fin y el engaño o abuso de confianza como medio. Por eso yo creo que el término de estafa es lo que mejor describe lo que han hecho continuadamente los bancos, los grandes especuladores y la inmensa mayoría de los líderes y las autoridades mundiales antes y durante la crisis que padecemos.


Los Estados le dieron a los bancos privados el privilegio de crear dinero emitiendo deuda con la excusa de que eso era necesario para financiar la actividad de las empresas y los consumidores. Pero en los últimos treinta años, la banca internacional multiplicó la deuda para financiar los mercados especulativos y para ganar dinero simplemente comprando y vendiendo más dinero, y no para financiar a la economía productiva. Esta es la primera estafa.

Para disponer de recursos adicionales a los que le depositaban sus clientes, la banca ideó formas de vender los contratos de deuda y los difundió por todo el sistema financiero internacional. Pero al hacerlo, ocultaba que millones de esos contratos no tenían las garantías mínimas y que al menor problema perderían todo su valor, como efectivamente ocurrió. Actuando de esa forma y tratando de elevar cada vez más la rentabilidad de sus operaciones, la banca fue asumiendo un riesgo cada vez mayor que ocultaba a sus clientes y a las autoridades y que transmitiía al conjunto de la economía. Esta es la segunda estafa.


Para llevar a cabo esas estafas, la banca recurrió a las agencias de calificación que actuaron como sus cómplices corruptos engañando sistemáticamente a clientes y autoridades indicando que la calidad de esos productos financieros era buena cuando en realidad sabían que lno era así y que, por el contrario, se estaba difundiendo un riesgo elevadísimo porque eran, como se demostró más adelante, pura basura financiera. Esta es la tercera estafa.

Los grandes financieros consiguieron que los bancos centrales fueran declarados autoridades independientes de los gobiernos con la excusa de que éstos podían utilizarlos a su antojo y de que así era mejor para lograr que no subieran sus precios. Sin embargo, lo que ocurrió fue que con ese estatuto de "independientes" los bancos centrales se pusieron al servicio de los bancos privados y de los especuladores, mirando a otro lado ante sus desmanes. Y asi, en lugar de combatir la inflación permitieron que se diera la subida de precios de la vivienda quizá más alta de toda la historia y constantes burbujas especulativas en numerosos mercados. Y lejos de conseguir la estabilidad financiera lo cierto fue que durante su mandato "independiente" también hubo el mayor número de crisis financieras de toda la historia. Esta es la cuarta estafa.

Para generar fondos suficientes para invertir en los mercados especulativos cada vez más rentables, los bancos y grandes financieros lograron, con la excusa de que eso era lo conveniente para luchar contra la inflación, que los gobiernos llevaran a cabo políticas que redujeran los salarios y aumentaran así los beneficios (que en su mayor parte van a ahorro en lugar de al consumo como le pasa a los salarios), y la progresiva privatización de las pensiones y de los servicios públicos. Esta es la quinta estafa.


Cuando el riesgo acumulado de esa forma estalló y se desencadenó la crisis, los bancos y los poderosos lograron que los gobiernos, en lugar de dejar caer a los bancos irresponsables, de encarcelar a sus directivos y a los de las agencias de calificación que provocaron la crisis, les dieran o prestaran a bajísimo interés varios billones de dólares y euros de ayudas con la excusa de que así volverían enseguida a financiar a la economía. Pero en lugar de hacer esto último los bancos y grandes financieros usaron esos recursos públicos para sanear sus cuentas, para volver a tener enseguida beneficios o para especular en mercados como el del petróleo o el alimentario, provocando nuevos problemas o que en 2009 hubiera 100 millones de personas hambrientas más que en 2008. Esta es la sexta estafa.


Los gobiernos tuvieron que gastar cientos de miles de millones de dólares o euros para evitar que la economía se colapsara y para ayudar a la banca. Como consecuencia de ello tuvieron que endeudarse. Como los bancos centrales están dominados por ideas liberales profundamente equivocadas y al servicio de la banca privada, no financiaron adecuadamente a los gobiernos, como sí habían hecho con los bancos privados, y eso hizo que tuvieran que ser los bancos privados quienes financiaran su deuda. Así, éstos últimos recibían dinero al 1% de los bancos centrales y lo colocan en la deuda pública al 3, al 4 o incluso al 8 o 10%. Esta es la séptima estafa.

Como los bancos y grandes financieros no se quedaron contentos con ese negocio impresionante, se dedicaron a propagar rumores sobre la situación de los países que se habían tenido que endeudar por su culpa. Eso fue lo que hizo que los gobiernos tuvieran que emitir la deuda más cara, aumentando así el beneficio de los especuladores y poniendo en grandes dificultades a las economías nacionales. Esta es la octava estafa.


Los gobiernos quedaron así atados de pies y manos ante los bancos y los grandes fondos de inversión y, gracias a su poder en los organismos internacionales, en los medios de comunicación y en las propias instituciones políticas como la Unión Europea, han aprovechado la ocasión para imponer medidas que a medio y largo plazo les permitan obtener beneficios todavía mayores y más fácilmente: reducción del gasto público para fomentar los negocios privados, reformas laborales para disminuir el poder de negociación de los trabajadores y sus salarios, privatización de las pensiones, etc... Afirman que así se combate la crisis pero en realidad lo que van a producir es todo lo contrario porque es inevitable que con esas medidas caiga aún más la actividad económica y el empleo porque lo que hacen es disminuir el gasto productivo y "el combustible" que los sostiene. Esta es la novena estafa.


Desde que la crisis se mostró con todo su peligro y extensión, las autoridades e incluso los líderes conservadores anunciaron que estaban completamente decididos a poner fin a las irresponsabilidades de la banca y al descontrol que la había provocado, que acabarían con el secreto bancario, con los paraísos fiscales y con la desregulación que viene permitiendo que los financieros hagan cualquier cosa y que acumulen riesgo sin límite con tal de ganar dinero... Pero lo cierto es que no han tomado ni una sola medida, ni una sola, en esa dirección. Esta es la décima estafa.


Mientras está pasando todo esto, los gobiernos, esclavos o cómplices de los poderes financieros, no han parado de exigirle esfuerzos y sacrificios a la ciudadanía mientras que a los ricos y a los bancos y financieros que provocaron la crisis no les han dado sino ayudas constantes y todo tipo de facilidades para que sigan haciendo exactamente lo mismo que la provocó. Gracias a ello, éstos últimos están obteniendo de nuevo cientos de miles de millones de euros de beneficios mientras que cae la renta de los trabajadores, de los jubilados o de los pequeños y medianos empresarios. Esta es la undécima estafa.


Mientras que constantemente vemos que los presidentes de gobiernos reciben instrucciones del Fondo Monetario Internacional, de las agencias de calificación, de los banqueros o de la gran patronal, la ciudadanía no puede expresarse y se le dice que todo lo que está ocurriendo es inexorable y que lo que ellos hacen es lo único que se puede hacer para salir de atolladero. Esta es la duodécima estafa.


Finalmente, se quiere hacer creer a la gente que la situación de crisis en la que estamos es el resultado de un simple o momentáneo mal funcionamiento de las estructuras financieras o incluso económicas y que se podrá salir de ella haciendo unas cuantas reformas laborales o financieras. Nos engañan porque en realidad realidad vivimos desde hace decenios en medio de una convulsión social permanente que afecta a todo el sistema social. La verdad es que cada vez hay un mayor número de seres humanos hambrientos y más diferencias entre los auténticamente ricos y los pobres, que se acelera la destrucción del planeta, que los medios de comunicación están cada vez en propiedad de menos personas, que la democracia existente apenas deja que la ciudadanía se pronuncie o influya sobre los asuntos más decisivos que le afectan y que los poderosos se empeñan en imponer los valores del individualismo y la violencia a toda la humanidad. Esta es la decimotercera estafa.


Lo que ha ocurrido y lo que sigue ocurriendo a lo largo es la crisis es esto, una sucesión de estafas y por eso no se podrá salir de ella hasta que la ciudadanía no se imponga a los estafadores impidiendo que sigan engañándola, hasta que no les obligue a dar cuentas de sus fechorías financieras y hasta que no evite definitivamente que sigan comportándose como hasta ahora.


Viernes, 18 de junio de 2010

Fuente:
Web de Juan Torres López
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15 de junio de 2010

Las causas de fondo de las recurrentes crisis financieras globales

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Henry C. K. Liu (*)
23/05/10

Graves crisis financieras globales se han venido sucediendo década tras década: el desplome de 1987, la crisis financiera asiática de 1997 y la crisis crediticia de 2007. Esa recurrente pauta ha sido generada por la total desregulación financiera a escala planetaria. Pero las causas de fondo han sido la hegemonía del dólar t el Consenso de Washington.



El caso de Grecia

Siguiendo un malhadado asesoramiento neoliberal y fundamentalista de mercado, Grecia abandonó su moneda nacional, la dracma, a favor del euro en 2002. Este paso, críticamente cargada de consecuencias, permitió al gobierno griego beneficiarse de la fortaleza del euro –no derivada, huelga decirlo, de la fortaleza de la economía griega, sino de la fortaleza de las economías más fuertes de la eurozona— para contratar préstamos a tasas de interés más bajas, respaldadas con el colateral de activos griegos denominados en euros. Con nuevo crédito disponible, Grecia se emborrachó con el gasto financiado por la deuda, con proyectos de elevado perfil, como las Olimpíadas de Atenas 2004, que dejaron a la nación griega con una enorme deuda soberana no denominada en su moneda nacional. Estos empréstitos públicos en tiempos de auge significaban una manifiesta distorsión de las políticas económicas keynesianas de financiación del déficit, consistentes en enfrentarse a las recesiones cíclicas respaldándose en los excedentes acumulados en los ciclos de auge. Lo que hizo Grecia, al revés, fue acumular masivamente deuda mientras se hinchaba su burbuja económica inducida por la deuda.

La trampa del euro

Al adoptar el euro, una moneda gestionada por la política monetaria del super-nacional Banco Central Europeo (BCE), Grecia abdicó voluntariamente de su soberanía en materia de política monetaria nacional, y eso en la confianza, falsamente confortable, de que una política monetaria super-nacional diseñada para las economías más robustas de la eurozona funcionaría también para una Grecia endeudada hasta las cejas. Como Estado miembro de la eurozona, Grecia puede ingresar y tomar prestados euros sin verse afectada por tasas de cambio, pero no puede emitir euros aun a costa de inflación. La incapacidad de emitir euros expone a Grecia al riesgo de quiebra de la deuda soberana en caso de déficit fiscal prolongado, y la deja sin las opciones abiertas a una solución monetaria nacional independiente, como la devaluación de la moneda nacional.

A despecho de la verborrea sobre el euro como incipiente alternativa al dólar como moneda de reserva, el euro no es en realidad sino otra moneda derivada del dólar. A pesar de el PIB de la Unión Europea es mayor que el de los EEUU, el dólar sigue dominando los mercados financieros en todo el mundo como moneda de referencia a causa de la hegemonía política del dólar, que exige la denominación en dólares de todas las mercancías básicas. El petróleo puede comprarse con euros, pero aprecios sujetos al valor de cambio del euro en relación con el dólar. Ocurre, simplemente, que la Unión Europea, no posee el poder geopolítico que los EEUU vienen teniendo desde el final de la II Guerra Mundial.

La hegemonía del dólar y el Consenso de Washington

El crecimiento económico bajo la hegemonía política del dólar exige que las naciones que participan en los mercados sigan las reglas del Consenso de Washington, un término acuñado en 1990 por un economista del Institute of International Economics, John Williamson, para resumir la sincronizada ideología de los economistas del establishment radicados en Washington, una ideología que reverberó a escala planetaria durante un cuarto de siglo como evangelio de las reformas económicas indispensables para el crecimiento en una economía de mercado globalizada. Esa ideología ha metido a buena parte del globo en crisis financieras recurrentes.

Inicialmente aplicado a América Latina, y finalmente a todas las economías en vías de desarrollo, el Consenso de Washington ha terminado por ser sinónimo de la doctrina del neoliberalismo globalizado o fundamentalismo de mercado y a describir, en un angosto marco de limitaciones ideológicas, un conjunto de prescripciones políticas universales fundadas en principios de libre mercado y disciplina monetaria. Promueve para todas las economías control macroeconómico, apertura comercial, medidas microeconómicas favorables al mercado, privatización y desregulación en beneficio de una fe ideológicamente dogmática en la capacidad del mercado para resolver más eficientemente cualesquiera problemas socio-económicos. Con el obscurantismo dogmático va también la resuelta negativa a admitir la obvia contradicción entre la pretendida eficiencia teórica del mercado y la empírica incapacidad para erradicar la pobreza o las crecientes desigualdades de ingresos y riqueza.

Vuelve la pugna entre el capital y los salarios

El crecimiento del capital financiero ha de lograrse a expensas del crecimiento del capital humano. El equilibrio monetario sin perturbaciones inflacionarias ha de lograrse manteniendo los salarios bajos a través del desempleo estructural. Las bolsas de pobreza en la periferia se consideran en el precio necesario para la prosperidad del centro. Dogmas de ese jaez confieren al desempleo y a la pobreza, verdadera catástrofe económica, una inmerecida aura de respetabilidad conceptual. La intervención del Estado ha sido traída a colación sobre todo para reducir el poder de los trabajadores en el mercado a favor del capital y favorecer mecanismos de mercado descaradamente predatorios.

El conjunto de reformas prescritas por el Consenso de Washington se compone de 10 directrices:
1) disciplina fiscal;

2) reorientación del gasto público hacia áreas que ofrezcan rendimientos económicos elevados;
3) reformas fiscales para bajar los tipos marginales y ensanchar la base fiscal;
4) liberalización de los tipos de interés;
5) tasas de cambio competitivas;
6) liberalización del comercio;
7) liberalización de la inversión exterior directa (IED);
8) privatización
9) desregulación; y
10) afianzamiento de los derechos de propiedad privada.

Los Estados abdican de sus responsabilidades

Esas directrices vienen a sumarse por doquiera a una reducción generalizada del papel central del Estado en la economía, de su primaria obligación de proteger a los débiles frente a los fuertes, de fuera y de dentro. El desempleo y la pobreza son entonces vistos como fenómenos temporales, morralla transitoriamente caída en el proceso de selección natural de los mercados, efectos inevitables de una evolución económica que, a largo plazo, generará una economía más robusta.

Los economistas neoliberales arguyen que el desempleo y la pobreza, plagas económicas letales en el corto plazo, pueden traer consigo beneficios macroeconómicos en el plazo largo. Hay gente para todo: también algunos historiadores arguyen perversamente que la Peste Negra (1348) tuvo consecuencias beneficiosas a largo plazo para la sociedad europea.

La resultante escasez de fuerza de trabajo empujó, a corto plazo, al alza los salarios a mediados del siglo XIV, y el súbito incremento de la mortalidad trajo consigo una sobreabundancia de bienes, lo que hizo que se desplomaran los precios. Esas dos tendencias provocaron causalmente un incremento del nivel de vida de los supervivientes. Sin embargo, la escasez de mano de obra causada por la Peste Negra forzó a los terratenientes a frenar el proceso de liberación de los siervos y a extraer más trabajo de ellos. En reacción a eso, los campesinos se sirvieron en muchos frentes de su acrecido poder de mercado para exigir un tratamiento más equitativo o para aligerar las cargas soportadas. Frustrados, los gremios se rebelaron en las ciudades y los campesinos se rebelaron en el campo. La Jacquerie francesa de 1358, la Revuelta Campesina en la Inglaterra de 1381, la Rebelión Catalana de 1395, así como muchas revueltas en Alemania, muestran hasta qué punto llegó la mortalidad a quebrantar las relaciones económicas y sociales tradicionales.

El neoliberalismo ha generado en el último cuarto de siglo una situación que se traduce en violentas protestas políticas en todo el globo, siendo la forma más extremista de las mismas el terrorismo. Pero al menos la plaga bubónica fue desencadenada por la naturaleza, no por una idea fija ideológica humana. Y el neoliberalismo mantiene a los trabajadores en el desempleo, pero vivos, con ayudas de subsistencia, al tiempo que conserva una perpetua reserva de trabajo excedente para evitar que los salarios suban a causa de escasez de fuerza de trabajo, lo que monta tanto como eliminar hasta los crueles beneficios a largo plazo de la Peste Negra.

Encogimiento del Estado

El Consenso de Washington ha venido siendo caracterizado como un “encogimiento del Estado” (Informe anual de la las Naciones Unidas, 1998) y un “nuevo imperialismo” (M Shahid Alam, “Does Sovereignty Matter for Economic Growth?”, 1999). Pero el daño real provocado por ese Consenso dista aún por mucho de ser comúnmente reconocido: en lo que realmente consiste es en un conjunto de prescripciones para generar Estados fracasados entre las economías en vías de desarrollo que participan en los mercados financieros globalizados. Incluso en las economías desarrolladas, el neoliberalismo genera un síndrome, tan peligroso como generalmente inadvertido, de Estado fallido. [1]

NOTA: [1] Véase mi artículo del 3 de febrero de 2005: World Order, Failed States and Terrorism, señaladamente la primera parte (de 10): The Failed State Cancer

. El presente artículo resume un trabajo extenso publicado en Asia Times.

(*) Henry C.K. Liu es un reconocido analista económico y político que escribe regularmente en Asia Times. Es consejero del Roosevelt Institute norteamericano, y forma parte del equipo rector de la revista New Deal 2.0.

Traducción para www.sinpermiso.info: Casiopea Altisench
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6 de junio de 2010

TERRORISMO FINANCIERO GLOBAL

"... Las agencias de calificaciones (auténticas centrales de inteligencia de la dictadura financiera) entran en acción y salen de patrulla para hacer cumplir la nueva orden. Lanzan rumores de desconfianza para generalizar la debacle, dan calificación negativa a un estado y éste entra en caída libre, alertan sobre los riesgos de la deuda de aquel país y el pánico se generaliza. El Euro se devalúa brutalmente frente al dólar y con ello Europa se va haciendo cargo del déficit de EEUU. El viejo continente, su soberanía, sus recursos, su futuro, todo ha sido secuestrado por los agentes del terrorismo económico..."

DICTADURA FINANCIERA
TERRORISMO ECONÓMICO



Europa es hoy un descontrolado bólido que se precipita vertiginosamente hacia su mayor desastre económico. Los temores y las preocupaciones de las últimas semanas han dado lugar a un escalofriante pavor generalizado que crece por minutos y que ha sumido a todo el continente en un caos absoluto.


La Unión Europea, como institución, se encuentra en estado comatoso. Sus países grandes, las legendarias locomotoras del éxito, Alemania, Francia, Inglaterra, solo miran hacia dentro de sus fronteras, tratando de amortiguar, por cualquier medio, el daño económico que provocan los terribles golpes terroristas-financieros dirigidos desde el oscuro y todopoderoso mercado internacional.


Lo de “Unión Europea” suena a burla. La solidaridad entre estados es nula, abunda egoísmo y faltan estadistas. El sentimiento patriótico europeo es una quimera pretenciosa. Europa es, hoy más que nunca, una tribu de tribus que desnuda su historia vernácula. Una trayectoria de 25 siglos de imperios construidos a sangre, fuego y crueldad. Hoy, cuando la crisis aprieta y se demanda generosidad, afloran oscuras historias de odios raciales, resentimientos históricos y traiciones imperdonables.


Los estados europeos vendieron, hace 25 años, su alma al diablo. Renunciaron a su soberanía económica, debilitaron la fortaleza de sus democracias a favor de los intereses del sistema, destruyeron su capacidad productiva al dictado del mercado, dieron a la banca más autoridad y potestad que al propio estado. Los gobiernos optaron alegremente por no dictar ni dirigir las políticas económicas y se conformaron con la administración del “Estado del Bienestar” cuyo financiamiento y estabilidad pasó a depender, en exclusiva, de los excedentes del sistema capitalista.


El matrimonio tuvo su luna de miel. Aumentó el confort, se dictaron modernas leyes sociales, mejoró el ocio y la diversión, abundaron las jubilaciones anticipadas, se cerraron fábricas y minas, se subsidiaron a agricultores para que abandonaran sus campos, hubo reducción de horas laborables. Dinero fácil, crédito libre, lujos inmobiliarios, nuevas tecnologías, grandes viajes. El concepto “trabajo” sufrió una fuerte devaluación.


Ser europeo era genial. Los pueblos del resto del mundo eran simplemente “atrasados”. Para remediarlo se lanzó una nueva colonización económica y cultural. Las empresas entraron a saco en los países del tercer mundo y al ritmo de las privatizaciones se quedaron con todos sus servicios estratégicos. Por otra parte, de la mano amiga de la burguesía local, “tan europeísta ella”,la intelectualidad europea, mediante la concentración mediática, se impuso en aquellas lejanías para despecho de las culturas locales.


Al nuevo Dios se le llamó “Mercado”. La doctrina pregonada fue La Globalización. La Bolsa se transformó en la Catedral, donde se celebraban los ritos fundamentalistas. Cada gerente o director bancario era el sacerdote que evangelizaba a la sociedad. Los periodistas, sin fisuras, fueron los generosos apóstoles que difundieron universalmente el nuevo credo salvador. A los fieles se les prometió su salvación si se encomendaban a la tarea de cumplir con la ciega y compulsiva devoción al consumo.


Así fue como ese gran Dios Mercado se cebó de tanta orgía y creció hasta la desmesura. Se transformó en un monstruo insaciable y descontrolado. Con patente de corso, tal pirata en el Caribe, abordó y devoró todas las economías del mundo desarrollado. Al final se comió sus propias bases y la burbuja reventó. Hubo quienes, hace 3 o 4 años, vaticinaron esta tragedia, pero nadie acertó en la envergadura de la explosión. La burbuja, hoy, sigue chorreando porquería y contaminando al mundo.


A Europa, tamaño desastre, le ha pegado de lleno en su línea de flotación. Sin embargo la situación que hoy sufre no es consecuencia directa de la burbuja sino, más bien, de su inoperante e irresponsable respuesta dada desde que se desató la crisis, hace ya dos años. Desde entonces, en lugar de enmendar el camino, sus dirigentes, timoratos, egoístas y cobardes, optaron por profundizar su dependencia de los mercados, dilapidar sus reservas en ayudar a bancos corruptos y mantener la impunidad a todo el libertinaje financiero.

Es decir, siguen alimentando a la bestia que les tortura, y que les hace sentir toda la fuerza de su dictadura. Las bolsas caen y rebotan, países enteros se hunden por el peso oscilante de su deuda, el continente está paralizado, los gobiernos amordazados, la población atemorizada.


Ante la fragilidad de su víctima, al terrorismo financiero no le tiembla el pulso e inicia un ataque virulento con su artillería más potente: los medios de comunicación. Antiguamente, éstos eran solo cómplices del crimen, hoy ya son parte activa del sistema y a través de ellos, el Mercado avisa al mundo que todo el problema de la crisis son los gastos sociales y el déficit público. Consecuente con su misión, la prensa impone a la opinión pública que es necesario y obligatorio que la sociedad se haga cargo de pagar el coste de la crisis. “El problema es el Estado del Bienestar” es la nueva doctrina.


La misma receta. Los mismos resultados


De repente la prensa se muestra unánimemente coincidente con la solución milagrosa: hay que congelar jubilaciones, abaratar despidos, rebajar sueldos, vaciar hospitales, reducir inversiones públicas, quitar ayudas sociales. Repite el Mercado: “es necesario que los estados ahorren para lograr liquidez, y que ésta se destine, en exclusiva, a atender las necesidades de los bancos y el sistema financiero”.


Las agencias de calificaciones (auténticas centrales de inteligencia de la dictadura financiera) entran en acción y salen de patrulla para hacer cumplir la nueva orden. Lanzan rumores de desconfianza para generalizar la debacle, dan calificación negativa a un estado y éste entra en caída libre, alertan sobre los riesgos de la deuda de aquel país y el pánico se generaliza. El Euro se devalúa brutalmente frente al dólar y con ello Europa se va haciendo cargo del déficit de EEUU. El viejo continente, su soberanía, sus recursos, su futuro, todo ha sido secuestrado por los agentes del terrorismo económico.


Los siempre frágiles y divididos gobiernos europeos, se han puesto de rodillas ante sus verdugos y les ha sobrado tiempo para aplicar la terrible medicina, Con una crueldad espantosa, sin anestesia, han metido bisturí y tocado hueso en el cuerpo equivocado, el de la gente. Mientras el maldito cáncer financiero, que tanto crimen ha cometido, es el vencedor y sigue,impunemente victorioso, con más hambre que nunca. Su voracidad es infinita y seguirá pidiendo sangre hasta la última gota. Será demasiado tarde cuando Europa aprenda que ceder al chantaje de los extorsionadores es la manera más ignominiosa de transformarse en sus esclavos.


Cualquier profano sabe que con estos recortes no se saldrá de la crisis ni se logrará crecimiento económico alguno. Por el contrario, es evidente que Grecia no podrá pagar su plan de rescate, que España llegará a los 5 ó 6 millones de desocupados en un año, que Portugal agudizará su miserable recesión. Y también lo saben los mercados que desconfían hasta de si mismos, y por ello, las bolsas se hunden día sí, día no, siguiendo el ritmo de la ruleta rusa.


Por supuesto que existe otra alternativa pero no hay voluntad ni coraje para asumirla. Tantos años de claudicaciones, mentiras y esnobismo han hecho de la clase dirigente europea una elite vacua, sin ideologías ni principios. El momento histórico reclama que se aplique un nuevo modelo económico que implique un fuerte ahorro del gasto público y una contención salarial, pero que a su vez, el dinero que se da al los bancos y al circuito financiero, se destine al crédito, a la inversión pública y a la creación de fuentes de trabajo.


El sistema bancario es un cártel que abusa de sus clientes, explota a sus empleados y que estafa a todos con condiciones leoninas al margen de la ley. Ante ello, los gobiernos deberían obligarlos a que restituyan, de forma inmediata, la concesión del crédito a las pequeñas empresas y a las familias, tan brutalmente cercenado en la hora cero de la crisis. Y si los bancos aducen que no tienen capacidad de hacerlo, debería ser el estado, con sus recursos y con los recursos de los bancos, quién ponga al servicio de la economía tan elemental herramienta productiva.


La única forma de lograr crecimiento genuino sería sumar inversión mas trabajo, generando riqueza que, por su parte, relanzaría el consumo. Todo ello repercutiría en impuestos, ahorro y bienestar social. Lo contrario a la especulación mafiosa de los mercados, al chantaje financiero y al abuso bancario. La urgencia es salvar al paciente y nunca la de sucumbir ante la voracidad de su verdugo.


Queda como consuelo o esperanza, el recordar que, históricamente, el capitalismo tiene un único talón de Aquiles. Nada lo desequilibra tanto como la palabra “pueblo”. El intocable sistema es alérgico a las reivindicaciones populares. El tramo que va desde una simple hoja de reclamaciones hasta la mayor de las movilizaciones callejeras, es la única y gran pesadilla que trastorna la estabilidad del poder capitalista.


Para El Capital, el pueblo es un ente amorfo, ingobernable, al que puede mentir pero nunca comprar. A sus dirigentes les puede poner precio, utilizar y finalmente sodomizar, pero con el pueblo en su conjunto se siente incómodo, impotente. El pueblo, cuando movilizado y motivado, es insobornable. El sistema tiene recursos para engañar y manipular temporalmente al pueblo, pero al final, éste, siempre se le vuelve en contra como su gran e indomable enemigo. Represión y ahogo económico es la única medicina que sabe aplicar.


En España, durante los últimos 25 años, el capitalismo tuvo cancha libre y vivió en el paraíso. El pueblo fue el gran ausente del paisaje. Ignorado y descalificado, se le condenó al ostracismo y al silencio. Ante ello, el sistema financiero solo tuvo que neutralizar a la justicia con leyes a su medida, comprar los medios de comunicación y desprestigiar al poder político. Nunca podrá, el ultraliberalismo, agradecer lo suficiente a la izquierda europea, por su gran tarea de desmovilizar al pueblo, ahogar sus reivindicaciones y silenciar su voz.


El movimiento progre, último residuo del marxismo totalitario del siglo XX, tuvo la genial idea de inventarse la palabra “populismo” para crear, alrededor de ella, toda una cultura denigrante contra las más respetables y honrosas esencias populares. Todos los vicios, excesos y delitos de la prensa, de los partidos políticos y del sistema financiero, se los endosaron al concepto Pueblo.


Así y de repente, “populismo o pueblo” es sinónimo de demagogia, sensiblería barata, corrupción, manipulación, promesas falsas, etc. Con el pueblo condenado, el capitalismo pagó su deuda a los “progres” comprando y dejando en sus manos todos los medidos de comunicación del sistema, sellando una alianza inquebrantable con lazos de acero atados en intereses económicos y convicciones ideológicas.


Hoy en España, gran difusor del intelectualismo imperial, la palabra “pueblo” está proscripta. Toda la prensa tiene prohibido su uso y ningún dirigente político se atreve a utilizarla. Solo se aplica como insulto u ofensa. Mientras tanto, en el mundo, cualquier dirigente que se atreva criticar al capitalismo, se lo margina del sistema llamándole “populista”.


Sin embargo, esta mentira publicada, nunca puede esconder una verdad monumental. El pueblo existe, acallado, atemorizado, desorientado … pero existe y cada vez más el capitalismo le asfixia.


Ya no es una burbuja lo que puede reventar. Toda una gigantesca olla de presión social está en ebullición. Su estallido es una cuestión de tiempo.


Eduardo Bonugli
Madrid, 16 de Mayo de 2010

Fuente: licpereyramele.blogspot.com
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28 de mayo de 2010

Grecia, Euro, Europa...

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Crisis y chismes. La hipótesis de "cuanto peor, mejor"

Jean-Michel Vernochet
geostratégie.com
Traducido para Rebelión por Juan Agulló


¿Y si todo este “cuento”, esta crisis económica degenerativa, no fuera más que una conjura, de enormes dimensiones, para doblegar a los gobiernos europeos? ¿Si no se tratara más que de mantenerlos ocupados y de hacerles aceptar una suerte de tutela económica internacional; un dirigismo ajeno, por supuesto, a la voluntad popular, a la que se le estaría hurtando toda forma de expresión? La Unión Europea que, víctima de una aguda crisis fiscal, ha necesitado la ayuda del Fondo Monetario Internacional (FMI, de unos 250.000 millones de euros) no podía arriesgarse a repetir el fiasco electoral de 2005, cuando fue votado [NDT: y rechazado] el Tratado Constitucional Europeo. En el contexto actual, una vez que se ha despojado a los Estados miembros de sus últimas veleidades soberanistas, se les puede hacer operar, a golpe de silbato, como si de un solo hombre se tratara. ¿Teoría de la conspiración? No tanto, si se contemplan las cosas con atención...



El ataque financiero lanzado contra Grecia como consecuencia de su elevado endeudamiento y de su potencial insolvencia se ha transformado, rápidamente, en una ofensiva contra el euro, o sea, contra la Unión Europea. Técnicamente hablando, el referido escenario solo tiene una lejana relación con los problemas estructurales de la economía helénica. Los “vicios” que se le achacan a Grecia se parecen mucho, en realidad, a los de la mayoría de países postindustriales que es verdad que tienen la mala costumbre de vivir del crédito, muy por encima de sus posibilidades. Eso es lo que explica crecimientos exponenciales del endeudamiento y en última instancia, “burbujas” financieras susceptibles de estallar en cualquier momento.


Todo apunta a que, tras la brutalidad del ataque contra el euro y más allá de la anécdota coyuntural de un puñado de especuladores inconscientes, ávidos de ganancia, subyacen otros objetivos –geopolíticos- calculados mucho más fríamente. Y ello, sobre todo, porque los apetitos especulativos, por codiciosos que sean, no pueden explicar por sí solos la duración de una ofensiva que amenaza, incluso a corto plazo, no solo a la Zona Euro sino a la mismísima Unión Europea.

La multiplicación de las crisis durante estos últimos decenios está desplazando el eje de la política mundial hacia Eurasia (región particularmente cara al geopolítico estadounidense Zbigniew Brzezinski) y permite suponer, además, que Europa está siendo, precisamente en estos momentos, escenario de una gran batalla, librada en el marco de una gran guerra geoeconómica mundial en la que, por cierto, el Viejo Continente tiene muy poco que hacer.

De hecho, la adopción –como consecuencia de las insistentes presiones de la Casa Blanca- de un plan europeo para la financiación de la deuda pública (Plan de Ajuste) no solo no constituye un remedio serio a la crisis financiera, que es estructural (y que además, en realidad, afecta por igual a todos los países occidentales, comenzando por Estados Unidos) sino que va en contra de los deseos, explícitos, de una rápida integración europea como condición sine qua non para la creación de un bloque occidental sólido e incluso necesario, en el marco de unas relaciones internacionales cambiantes.

El referido Plan de Ajuste responde a una crisis de confianza y de solvencia (extremadamente artificial al principio pero convertida, posteriormente, en real como consecuencia del efecto “bola de nieve” que se terminó induciendo) provocada por la necesidad de recapitalización de los Estados en un contexto de liquidez menguante. El Plan Europeo, de 750.000 millones de euros, supera al Plan Paulson (de 700.000 millones de dólares) que se ideó, tras la debacle del sistema financiero estadounidense -en septiembre de 2008- para reflotar a este último con fondos públicos. Las consecuencias de dicha medida las estamos padeciendo actualmente: la recapitalización del sector financiero solo ha servido para endeudar a los Estados a ambos lados del Atlántico.

El problema de fondo radica en que la crisis financiera, cuyo epicentro estuvo en Estados Unidos, tras desencadenar la recesión –es decir, tras carcomer el crecimiento económico- ha terminado por gangrenar los recursos fiscales de los Estados, complicando aún más el pago de los intereses de una deuda que, de por sí, ya resultaba algo más que considerable (la tasa media de endeudamiento en la Zona Euro ronda ¡el 78%!). Actualmente, la Unión Europea –con su Plan de 750.000 millones de euros- está endeudándose aún más, lo cual, en lo inmediato, está afectando a los presupuestos públicos de todos los países. Y todo esto, en teoría, para “restablecer la confianza de los mercados”...

Con el referido objeto –y en línea con su lógica soberanista- la UE acaba de ponerse bajo la égida del FMI, que va a concederle créditos por valor de unos 250.000 millones de euros. Hasta ahora, la especialidad del FMI había consistido en acudir en ayuda de las titubeantes economías de los países del Tercer Mundo imponiendo, sin misericordia, sus llamados planes de ajuste estructural. Se trata, por consiguiente, de un organismo supranacional, militantemente “globalizador”, que pretenderá supervisar –de forma más o menos directa- las estructuras de gobernabilidad económica de las que probablemente se dotará la Zona Euro si antes, eso sí, no termina desapareciendo sin solución de continuidad.

Desde Londres, el demócrata estadounidense Paul Volcker (ex Presidente de la Reserva Federal) está demandando con insistencia dichas iniciativas, ya que el relanzamiento del euro constituye una necesidad imperiosa para mantener a flote las economías estadounidense y británica (país que, al ser un alumno privilegiado de la clase euroatlántica, se está manteniendo al margen de la crisis que padece el Continente).

La Canciller Federal alemana, Angela Merkel, se ha tenido que resignar a aceptar el Plan de Ajuste del FMI para los países de la Zona Euro como consecuencia de las amenazas que –según un persistente rumor- le habría realizado su homólogo francés de salirse del euro para regresar al franco. Y es que, aunque es cierto que a la Alemania productiva le cuesta prestar, no lo es menos que un eventual retorno al marco resultaría catastrófico para su economía ya que, al tener una divisa demasiado fuerte, Alemania perdería competitividad, uno de los fundamentos más importantes de su economía. Bastó un chantaje, por consiguiente, para que Berlín se plegara a pasar por las Horcas Caudinas impuestas desde la Casa Blanca.

Lo malo es que estos dictados nos están conduciendo hacia una gran trampa: los capitales obtenidos por los Estados en los mercados o prestados por el FMI para salvar a los PIIGS [NDT: acrónimo de Portugal, Italia, Irlanda, Grecia y España que, en inglés, remite a la palabra pig, "cerdo"] al conllevar, implícita, la posibilidad de una bancarrota, vienen acompañados de la obligatoriedad de activar mecanismos adicionales que garanticen la sostenibilidad, a largo plazo, del euro. Dicha moneda, siempre desde esta perspectiva, para ser sólida (y devolver, así, la confianza a los sacrosantos mercados) necesitaría apoyarse en la existencia de toda una serie de instituciones federales (reclamadas en Francia con especial ahínco por Jacques Attali). La reivindicación básica radica en la creación de “una Agencia Europea del Tesoro -que prestaría en nombre de la UE- y de una suerte de Fondo Presupuestario Europeo, al que se le otorgarían plenos poderes para controlar que el gasto público de los países de la Zona Euro no sobrepasara, jamás, el 80% de sus PIB”.

Retórica al margen, de lo que en el fondo se trata es de imponer una tutela económica a los Estados miembros, con la excusa de salvar a la Zona Euro de una, al parecer, indefectible desarticulación. Dicha amenaza, por lo visto, funciona muy bien ya que, en Europa, la eventual desaparición de la divisa única constituye un auténtico tabú político.

Actualmente existen proyectos que prevén que, incluso, los presupuestos de los países de la Zona Euro pudieran ser fiscalizados y aprobados por una suerte de triunvirato compuesto por la Comisión Europea [NDT: lo más parecido a un ejecutivo], el Banco Central Europeo y el Eurogrupo. Si eso ocurriera, ¿dónde quedaría la voluntad popular y para qué serviría el Parlamento Europeo?

El problema es que, hasta el momento, nadie se ha tomado la molestia de denunciar el sofisma (por no decir el absurdo) que supone argumentar que restauración de la confianza en los mercados ha de pasar, necesariamente, por la aplicación de toda una serie de políticas de ajuste. En primer lugar porque ¿acaso se va a permitir que los mercados impongan, por sí solos, sus propias leyes a todos los demás? Por otro lado porque ¿acaso no empieza a ser momento de poner en duda el capitalismo accionarial, anónimo y viscoso, capaz de arruinar a un país detrás de otro, siguiendo quién sabe qué opacos criterios?

La gobernabilidad económica europea no es la solución, como tampoco lo es la liquidez: ninguna de las dos garantiza, por sí misma, una superación de la actual crisis. El sobre endeudamiento inducido por el Plan de Ajuste no es más que una falsa solución impuesta desde el exterior, cuya finalidad última consiste en promover una subordinación de Europa a los mercados de capitales y por ende, a los términos de su ignominiosa dictadura.

La simple idea de una gobernabilidad económica es autoritaria y carece de sentido, ya que ignora toda la gama de matices sociales y políticos sobre los que se asienta el proceso de construcción europea (modelos de crecimiento diferentes, regímenes fiscales heterogéneos, etc.). Se trata, por ende, de una concepción muy ideologizada, en suma, de un proyecto político camuflado que incorpora elementos incompatibles con la prosperidad económica y el bienestar social.

Algunos –que no dudan en hablar de una “dictadura económica” que se le estaría imponiendo a la UE- resaltan que esta crisis no es más que el pretexto perfecto para instaurar un Gobierno europeo centralizado que despreciaría la voluntad popular, ya pisoteada mediante el Tratado de Lisboa. Cierto o no, lo que parece seguro es que la actual crisis tiene algo de artificial, de prefabricada, de contrapuesta, en definitiva, al curso normal de las cosas. Pese a ello se habla de una lógica mecánica que de todos modos, lejos de ser anónima, está indisolublemente ligada al proceder de los grandes traficantes de dinero y otros mandones que suelen dejarse caer, como buitres, sobre las Bolsas.

Más allá de las apariencias, lo que hay que tener claro es que los que en realidad siguen haciendo y deshaciendo son los grandes barones del Partido Republicano, y ello gracias al seductor Barack Obama. Por eso Estados Unidos tiene un doble discurso: el de los mercados y el de su presidente, que suele intervenir para tranquilizar a los europeos –en estricta aplicación de la Doctrina Monroe de no intervención en los asuntos internos europeos, a menos que los intereses estratégicos de Estados Unidos pudieran verse afectados- y para urgirlos a estabilizar su moneda, o sea, las políticas económicas europeas, indisociables de la salud, buena o mala, de su moneda común. Todo eso, por supuesto, no es injerencia en los asuntos internos de Europa, ¡no! Aunque ¿se han parado a imaginar por un momento a Angela Merkel o a Nicolas Sarkozy organizando Manhattan?

El otro discurso, inaudible fuera de los círculos de poder, es el que enarbolan los amos de los mercados; es decir, los personajes anónimos que ordenan millares de operaciones sin que los gobiernos puedan identificarlos fácilmente, como reconoció hace poco, patéticamente, la ministra francesa de Finanzas, Christine Lagarde. Se trata de aquellos que juegan al yoyó con las bolsas como los gatos lo hacen con los ratones: descontando las mismas subidas y bajadas que ellos mismos provocan.

Esta criptocracia, ese poder internacional ante el cual el margen de maniobra real de los políticos es reducido, está compuesto por un puñado de personas con magnos intereses materiales… e ideológicos (porque no olvidemos que las ideas son las que, en realidad, gobiernan el mundo; el dinero es solo un instrumento para ponerlas en práctica). A dichos personajes les caracteriza un irrefrenable deseo de poder y una bajeza moral sin límites, como demuestran las guerras que alientan o preparan en Asia Central, en el Cáucaso o en Oriente Medio.

Esos oligarcas conforman la élite financiera, trabajan en los complejos militar-industriales, en las petroquímicas y en la ingeniería genética, pero también son detectables entre los ideólogos y los grandes teóricos que viven de legitimar el sistema; entre los nuevos predicadores, en definitiva, de la religión de la ganancia como nueva forma de monoteísmo, el del mercado. Lo curioso es que esa gente tiene un discurso muy diferente al que articula el ventrílocuo que tiene en sus rodillas el carismático Barack Obama para que suelte sandeces neurolépticas destinadas a las masas inquietas o para sermonear a los dirigentes europeos.

¿Cómo explicar, entonces, la evidente contradicción existente entre las inquietudes expresadas por el presidente Obama con respecto a la devaluación del euro –legítimas, ya que a Estados Unidos le conviene un euro fuerte que siga garantizando que sus empresas sean competitivas, financie sus terroríficos déficits presupuestarios (1,4 billones de dólares) pero, sobre todo, pague el esfuerzo bélico del Pentágono en Irak, Afganistán y Pakistán- y la campaña de desestabilización de las economías occidentales (e incluso asiáticas) mediante ataques reiterados y sistemáticos contra el euro en los mercados?

¿Hasta tal punto son voraces, inconsecuentes e irracionales los especuladores? ¿No son, acaso, lo suficientemente inteligentes como para darse cuenta de que esta ofensiva contra la UE pone en peligro a todo el sistema porque está llevando a la economía mundial al borde de una nueva fase de caos? ¿Por qué, entonces, esta suerte de danza al borde del abismo? Porque lo que ya no puede seguir sirviendo de excusa es esa estúpida frivolidad, según la cual, los mercados tendrían vida propia y que, precisamente por eso, resultarían “incontrolables”… En otras palabras, que todo esto “no sería culpa de nadie” sino simple consecuencia de una imposibilidad material para controlar a los actores implicados y a sus excentricidades irracionales.

Planteémoslo, entonces, claramente: el riesgo de crac forma parte del meollo de la tétrica partida que está siendo jugada. Los grandes jugadores, fríos y calculadores, gustan de la “teoría de juegos” (de Neumann y Morgenstern), construcción probabilística ideada, en su tiempo, para asentar la doctrina de la disuasión nuclear… Gana el que más órdagos letales lanza. El ejemplo más elocuente es lo que está ocurriendo actualmente: desestabilizar las economías europeas, a pesar de las incidencias, notables y ya mencionadas, que eso puede tener en términos sistémicos, para algunos, tiene sentido. ¿Por qué? Pues, para empezar, porque el caos financiero, monetario y económico puede hacer ganar mucho dinero.

A comienzos del siglo XX, el economista Werner Zombart teorizó sobre la “destrucción creadora”, concepto posteriormente retomado por Joseph Schumpeter. Desde entonces, dicha idea –en principio, positiva- se fue abriendo camino gracias, entre otras, a la “teoría de la catástrofe”, enunciada por el matemático francés René Thom y posteriormente, revisada y corregida por Benoît Mandelbrot. Al final, gracias a la geometría fractal, terminó aplicándose a los mercados financieros donde –ya como “Teoría del caos”- se puso de moda.

En paralelo, el economista Von Hayek, uno de los padres del neoliberalismo, pretendió aupar a la economía liberal al grado de ciencia exacta. De hecho, según su biógrafo Guy Sorman “el liberalismo converge con las teorías físicas, químicas y biológicas más recientes y en especial con la Teoría del caos, propuesta por Ilya Prigogine. En la economía de mercado, como en la naturaleza, el orden nace del caos: la proliferación descontrolada de millones de decisiones e informaciones conduce, más que al desorden, a un orden superior”. No se puede expresar mejor la que, desde nuestro punto de vista, constituye clave explicativa de esta crisis.

A finales de los años 1990, el neocon estadounidense Michael Leeden, reputado Dr. Frankenstein de la economía moderna, aportó un nuevo paroxismo conceptual al panteón neoliberal: el “desorden superior” como paradigma legitimador, entre otras cosas, de todas las guerras de conquista del siglo XXI. Desde dicho punto de vista el caos iraquí o el que actualmente reina en Asia Central se pueden considerar generadores de ciertos efectos benéficos a medio-largo plazo. Europa podría ser otro ejemplo.

Hipoticemos, de hecho, que el nuevo orden mundial que los promotores del caos global pretenden que salga de la actual crisis, dé como resultado una Europa unificada, centralizada y federativa, controlada desde Washington a través de una Reserva Federal que convierta al Banco Central Europeo en una suerte de sucursal suya técnicamente controlada, eso sí, desde el FMI (emanación de un poder mundial emergente, tan desterritorializado como tentacular).

La deificación del mercado, asociada a la idea de un “caos creativo” promovido a partir de la teoría de juegos, podría terminar descontrolándose… y todo ello, para satisfacción del discreto club de aprendices de brujo que, bajo cuerda, conducen las riendas del “mundo libre”. Llegados a este punto, parece oportuno realizar un matiz: el “caos” (provocado, por supuesto) no es más que una forma de gestión y de transformación social, aparentemente pacífico, que no es más que una especie de versión moderna del clásico divide et vinces(“divide y vencerás”).

De hecho, el arriesgado juego habrá valido la pena si, al final del mismo, Europa termina arrodillándose, comenzando por la pequeña Grecia. Dicho país que es -junto con Italia, España, Irlanda y Portugal- uno de los eslabones más frágiles de la Zona Euro ha sido, hasta ahora, una suerte de electrón libre que ha dificultado una integración plena de los Balcanes en el tejido geoestratégico estadounidense y un control total de la VI Flota sobre el Mediterráneo Oriental (futuro súpercorredor energético en el que, actualmente, el proyecto de gasoducto occidental Nabucco está compitiendo con el programa ruso South Stream).

Si la UE, como consecuencia de la crisis, termina avanzando –a marchas forzadas- hacia una gobernabilidad económica federativa (que no haría sino confirmar y asentar las renuncias a las soberanías nacionales, ya consentidas para parir el euro) concluiría una etapa histórica: la Comisión Europea –compuesta, básicamente, por tecnócratas no elegidos y reclutados en función de criterios indiscutiblemente atlantistas- terminaría teniendo un poder prácticamente discrecional. Ello supondría la práctica desaparición de los Estados-nación en Europa. De hecho, ya nada se opondría a la disolución de nuestro Continente en un Bloque Transatlántico. La fusión del dólar y del euro terminaría sellando la (re)unificación del Viejo y el Nuevo Mundo.

No se trata de simples especulaciones, sino una proyección de las tendencias geopolíticas en marcha –consecuencia de una recomposición del poder mundial- al alcance de cualquier avezado observador. De hecho, la suerte de los pueblos europeos parece estar echada, es decir, encadenada –para lo mejor y para lo peor- al “Destino Manifiesto” de Estados Unidos. Y ello, con independencia de que termine convocándose o no un eventual “nuevo Bretton Woods”.

Al final de todo este proceso, puede que los especuladores tengan bastante que perder si la comunidad internacional termina poniéndose de acuerdo para controlar sus apetitos y regular los mercados, pero, en todo caso, ellos, al haber promovido un “caos constructivo”, habrán creado las condiciones para que se produzcan nuevas confrontaciones. De hecho, el peor de los escenarios (a menudo evocado, en Francia, por personajes influyentes de la talla de Bernard Kouchner o Jacques Attali) es que los gobiernos terminen sintiéndose acorralados. En Kuwait, en 1991 o en Irak en 2003, entre los objetivos de la guerra apenas hechos públicos, estaba el relanzamiento de la economía global, vía reconstrucciones locales. Y eso por no mencionar otros intereses, mucho más evidentes e inmediatos como las energías no renovables, la venta de armas y sus derivados, etc.

Sean los que sean los acuerdos, firmados por Turquía e Irán, sobre el enriquecimiento del uranio con fines médicos; sean los que sean los problemas diplomáticos que esos acuerdos entre aliados y enemigos de Washington puedan plantear, basta con releer al viejo cuentista Jean de La Fontaine para comprender de que la retórica del lobo siempre termina imponiéndose a la del cordero… Esperemos que, en el actual contexto de extrema fragilidad de la economía mundial, cualquier salida de la crisis por la puerta del “caos” (constructivo) sea, al menos, pacífica, porque se ven venir guerras contra Irán, Siria y Venezuela a las cuales, por cierto, la película Avatar hace una sorprendente alusión. Estados Unidos, por cierto, no sabría emprender esas iniciativas sin el apoyo de serviles coaliciones de Estados vasallos… Una curiosidad: ¿qué actitud adoptaría, en ese caso, una Europa endeudada y desorientada?

Fuente:
http://www.geostrategie.com/2647/grece-euro-europe-crise-et-chuchotements-l’hypothese-du-pirehttp://www.geostrategie.com/2647/grece-euro-europe-crise-et-chuchotements-l’hypothese-du-pire


Tomado de; Rebelion.org
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10 de mayo de 2010

Grecia: el negocio del rescate

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El capitalismo se devora a sí mismo.

Como funciona el gran negocio usurario con el "rescate" griego


Un nuevo ciclo de usura internacional con la crisis financiera, esta vez a nivel de los Estados, ya comienza a proyectarse desde Grecia (a través del fondo de "rescate) a todos los países de la zona del euro. Como mecánica central, los bancos y grupos usurarios internacionales "represtan" dinero a los Estados quebrados (como antes lo hicieron con bancos y empresas privadas), se aseguran la capacidad de pago con el "ajuste salvaje", y alimentan el nacimiento de otra burbuja ganancial con la especulación con los bonos (emisión de deuda de los Estados) en el mercado internacional. Se trata de un nuevo ciclo, donde el sistema capitalista se reestructura y recicla sus crisis en nuevas "burbujas" gananciales.



Por Manuel Freytas

Reciclamiento de la usura

La operación financiera con el "rescate" de Grecia no es nada más que otro gran negocio usurario con la crisis, esta vez realizado a través de un Estado, y con el FMI y la UE como instrumentos de ejecución.

El gobierno griego, en estado de insolvencia para pagar su deuda, pide dinero (a cambio de bonos) y emite más deuda. O sea vuelve endeudarse para pagar la nueva deuda.

Con la UE (como intermediaria y garante) los bancos y grupos de la usura internacional) le prestan el dinero al estado griego, y a través del "ajuste salvaje" se aseguran de que Grecia pague su deuda reciclada con nuevos intereses usurarios.

De esta manera, los usureros internacionales "prestan" el dinero, se aseguran la capacidad de pago con el "ajuste", y alimentan el nacimiento de otra burbuja ganancial con la especulación con los bonos griegos en el mercado internacional.

En definitiva la usura internacional, luego de asegurarse la capacidad de pago de la deuda griega (con el "ajuste" y la intermediación garantista de la UE), prestan nuevos fondos para reciclar un nuevo macro negocio financiero con la deuda del país quebrado.

O sea "presta" (comprando emisión de deuda), no para rescatar a Grecia, sino para alimentar otro ciclo de endeudamiento usurario y de burbuja ganancial especulativa.

En resumen, el capital usurario pone el dinero (compra bonos), se asegura su retorno (capital e intereses) con el "ajuste salvaje" y la nueva disciplina fiscal (reducción del gasto público) , y se asegura la ganancia especulativa con los bonos en el mercado internacional (nueva burbuja especulativa).

La "burbuja" con el Estado

En otro escenario, con la experiencia griega (que amenaza con contagiarse a toda la Unión Europea) se repite el negociado financiero con la crisis implementado con los "rescates" a bancos y empresas privadas en EEUU y Europa.

Desde que estallara el colapso bancario y bursátil en septiembre del 2008, el sistema nunca pudo recuperarse, y finalmente la crisis de la"economía de papel" terminó impactando en la "economía real", primero en las metrópolis imperiales de EEUU y Europa, extendiéndose luego por toda la periferia "subdesarrollada" y "emergente" de Asia, África y América Latina.

Mientras las economías de EEUU y la UE ingresaban en una feroz crisis financiera recesiva con quiebre generalizado de las megaempresas del sector industrial y comercial, con despidos laborales masivos, los poderosos conglomerados bancarios que integran el sistema de la Reserva Federal y los bancos de las potencias centrales reciclaron una burbuja ganancial con el Estado como instrumento.

Mediante el "rescate financiero" en EEUU y Europa, Wall Street y las bolsas mundiales, los bancos y grupos usurarios privados reciclaron una nueva "burbuja" ganancial con la crisis, no ya con dinero especulativo proveniente del sector privado, sino con fondos públicos (de los impuestos pagados por toda la sociedad).

Esos fondos (captados de los mercados de capitales usurarios) destinados a los "rescates" fueron puestos compulsivamente al servicio de un nuevo ciclo de rentabilidad capitalista, al margen de una ascendente crisis de la economía real que marcha por vía paralela en los países centrales.

Simultáneamente, las economías reales del Imperio y de las potencias centrales (pese a los anuncios de "recuperación") permanecen en rojo en todas sus variables, y una crisis social, todavía de efectos imprevisibles, asoma de la mano de los despidos masivos en Europa y EEUU.

El costo de este monumental negocio usurario con la "crisis capitalista" (que ya fue exportado desde EEUU y Europa a los países de la periferia de Asia, África y América Latina) es financiado con el dinero de los impuestos pagados por el conjunto de la sociedad.

Se trata, en suma, de una "socialización de las pérdidas" para subsidiar un "nuevo ciclo de ganancias privadas" con el Estado como herramienta de ejecución.

Un proceso mediante el cual los megaconsorcios más fuertes (los ganadores de la crisis) se degluten a los más débiles generando un nuevo proceso de reestructuración y concentración del sistema capitalista.

La "burbuja" griega

Con Grecia, la operación ya no se hace a nivel de empresas y bancos, sino a nivel del "rescate" de los Estados quebrados.

La Unión Europea, oficia como garante y prestaria de la operación financiera, donde los bancos y grupos usurarios internacionales del "mercado de capitales" financian el "rescate" mediante la compra de emisión de deuda del Estado griego (los bonos).

Lanzados al "mercado de capitales", esos bonos reciclan otro macronegocio financiero con la crisis, no ya realizado con bancos y empresas quebradas, sino con Estados capitalistas quebrados. O sea que el negociado financiero con la crisis, con el caso emblemático griego vira de lo privado a los estatal.

De esta forma, la sociedad griega, principalmente su sector más vulnerable va a pagar el nuevo negocio de la usura internacional con la crisis de dos maneras:

A) Con el "ajuste" que rebaja el salario y degrada los beneficios sociales de las mayorías y puede generar despidos masivos.

B) Financiando con sus impuestos el nuevo negocio usurario internacional con la deuda emitida por el Estado griego.

Paralelamente, y con el objetivo de asegurar un "fondo" disponible para el "rescate" de otros Estados insolventes o quebrados (nuevos negociados usurarios), la Unión Europea acordó un mecanismo de "asistencia financiera" que, junto con el Fondo Monetario Internacional (FMI), le permitirá movilizar más de US$ 900.000 millones con el argumento de "evitar" que la crisis de Grecia se propague a otros países de la eurozona.

Es fondo de "ayuda" (masa de dinero especulativo) se suma a los 110.000 millones de euros (US$ 140.000 millones) del paquete de rescate a Grecia que los miembros de la Unión Europea el FMI aprobaran recientemente.

La crisis de los Estados

La financiación estatal de los "rescates" a empresas y bancos privados en quiebra, generó en EEUU y Europa un proceso de sobreendeudamiento público (agregado a la caída de la recaudación por la desaceleración económica).

Este ciclo no solo amenaza la estabilidad económica y la "gobernabilidad" del sistema, sino que también (y como ya sucedió con los bancos y empresas privadas) puede hacer colapsar en cadena a los propios Estados capitalistas, tanto centrales, como subdesarrollados o emergentes.

En general, la sombra de una insolvencia de pago generalizada (producida por los déficit y la baja de recaudación fiscal) generó un rebrote de la crisis financiera en Europa, no ya a nivel de los bancos y entidades privadas, sino a nivel de los propios Estados de la eurozona

De esta manera, la crisis fiscal (producto del déficit comercial y recaudatorio del Estado) se sumó al panorama de agravamiento del desempleo (principalmente en EEUU y Europa), la no reactivación del consumo (producida por la desaparición del crédito para la producción).

Y los interrogantes y las dudas persisten para el caso de que los bancos centrales USA-europeos decidan levantar los estímulos (planes de rescate) a bancos y empresas.

En este escenario, y como producto de la especulación bursátil (escamoteados a la inversión productiva) en los últimos meses fue cobrando forma visible un nuevo actor emergente en la economía mundial: La "crisis fiscal" (producto de los déficit siderales que aquejan a los Estados de las economías centrales) que sucede a la "crisis financiera" en la debacle de la economía capitalista globalizada.

Y hay una paradoja: La "crisis estatal" no nace como producto del endeudamiento privado sin respaldo (la economía de papel de los grandes conglomerados bancarios imperiales) sino como emergente de los programas estatales de salvataje financiero que han endeudado (sin respaldo fiscal) a los Estados, con EEUU y la Unión Europea en primer término.

La nueva crisis, como lo señala The Financial Times, ya está siendo exportada desde EEUU mediante el endeudamiento sin respaldo que explota el dólar como "refugio seguro" para los especuladores internacionales.

En este escenario se mueve el nuevo ciclo de usura internacional con la crisis financiera, esta vez a nivel de los Estados, que ya comienza proyectarse desde Grecia (a través del fondo de "rescate) a todos los países de la zona del euro.


IAR Noticias – 10 de mayo de 2010
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3 de mayo de 2010

El camino del FMI a la ruina


De Letonia a Grecia

Mark Weisbrot
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CounterPunch
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens



En dos años Letonia ha sufrido la peor caída económica de la que se tengan datos, y perdió más de un 25% del PIB. Se pronostica que bajará aún más durante la primera mitad de este año, antes de iniciar una lenta recuperación, en la cual el Fondo Monetario Internacional (FMI) prevé que ni siquiera en 2015 llegará a su nivel de producción de 2006– nueve años después.

Con un desempleo de 22%, un fuerte aumento en la emigración y recortes en el financiamiento de la educación que causarán un daño a largo plazo, los costes sociales de esta trayectoria son elevados. Al mantener su moneda vinculada al euro, el gobierno renuncia a la oportunidad de permitir una depreciación que estimularía el crecimiento al mejorar la balanza comercial. Pero incluso más importante es que por el mantenimiento de esa vinculación Letonia no puede utilizar una política monetaria expansiva, o una política fiscal expansiva, para salir de la recesión. (EE.UU. ha utilizado ambas: aparte de su estímulo fiscal y del recorte de las tasas de interés a cerca de cero ha creado más de 1,5 billones de dólares desde que comenzó la recesión.)

Los que creen que puede dar resultados el que se haga lo contrario de lo que hacen los países ricos –es decir políticas pro-cíclicas– apuntan a la vecina Estonia como una historia exitosa. Estonia ha mantenido su moneda vinculada al euro, y como Letonia trata de lograr una “devaluación interna.” En otras palabras, con una recesión suficientemente profunda y suficiente desempleo, salarios y precios pueden ser reducidos. En teoría esto permitiría que la economía vuelva a ser competitiva, incluso si se mantiene fija la tasa [nominal] de cambio.

Pero el coste para Estonia ha sido casi tan alto como en Letonia. La economía se ha reducido casi en un 20%. El desempleo ha aumentado de cerca de 2% a 15,5%. Y se espera que la recuperación sea dolorosamente lenta: el FMI prevé que la economía crecerá en sólo un 0,8% este año. Sorprendentemente, se pronostica que en 2015 a Estonia le irá todavía peor que en 2007. Es un coste enorme en términos de producción real y potencial perdidos, así como en los costes sociales asociados con un elevado desempleo a largo plazo que acompañará esta lenta recuperación. Y a pesar del colapso económico y de una fuerte caída en los salarios, la tasa de cambio real efectiva fue la misma al final del año pasado que la de principios de 2008 –en otras palabras, no había ocurrido una “devaluación interna”.

No obstante Estonia es presentada como un ejemplo positivo, incluso es utilizada para atacar a economistas que han criticado las políticas pro-cíclicas en Letonia. El motivo es que Estonia no ha tenido el abultado déficit y los problemas de deuda que Letonia ha tenido en su recesión económica. Su deuda pública de un 7% del PIB es una pequeña fracción del promedio en la UE de 79%, y su déficit presupuestario para 2009 fue de sólo 1,7% del PIB. Por ello está en camino a unirse a la Zona Euro, posiblemente adoptando el euro a principios del próximo año.

¿Cómo logró Estonia evitar un gran aumento en su deuda durante esta severa recesión? Primero, el gobierno había acumulado activos durante la expansión, que ascendían a cerca de un 12% del PIB; y también mantenía un superávit presupuestario al comenzar la recesión. Y ha recibido bastantes subvenciones de la Unión Europea: en 2010 el FMI pronostica un enorme 8,3% del PIB en subvenciones, en comparación con 6,7% el año anterior.

A Grecia, lamentablemente, ni la Unión Europea ni el FMI le ofrecen subvenciones. Su plan para Grecia no es más que dolor y castigo. Y con una deuda pública de un 115% del PIB y un déficit presupuestario de 13,6%, Grecia se verá obligada a hacer recortes en los gastos que no sólo tendrán drásticas consecuencias sociales sino que llevarán, con casi absoluta certeza, al país a una recesión aún más profunda.

Es un tren que va en la dirección equivocada, y una vez que uno va por ese camino no hay modo de decir dónde estará el final. Grecia –como Letonia y Estonia– estará a la merced de eventos exteriores para rescatar su economía. Una mejoría económica rápida y robusta en la Unión Europea –que nadie pronostica– podría sacar a esos países de su depresión con un inmenso aumento en la demanda de sus exportaciones, y una afluencia de capital como en los años de la burbuja. O no: los bancos europeos occidentales todavía tienen cientos de miles de millones de deudas de cobro dudoso en Europa central y oriental de los años de la burbuja. Todavía podría haber algunas consecuencias inevitables que harían bajar el crecimiento regional incluso por debajo de la lenta recuperación que ha sido prevista para la Zona Euro. Alemania, que dependió de exportaciones para todo su crecimiento de 2002 a 2007, continuaría absorbiendo los beneficios del comercio regional de una Zona Euro y/o de la recuperación mundial.

No importa cómo sean analizadas, esas brutales políticas pro-cíclicas del Siglo XIX no tienen sentido. Son enormemente injustas, ya que colocan el peso del ajuste del modo más directo sobre la gente pobre y trabajadora. No le desearía a nadie el “éxito” de Estonia, simplemente porque evitó un aumento de la deuda y va en camino a unirse al euro. Podrían descubrir, como Grecia –así como España, Irlanda, Portugal e Italia– que los costes de adoptar una moneda que está sobrevalorada en relación con el nivel de productividad de un país son potencialmente bastante elevados a largo plazo, incluso después que esas economías terminen por recuperarse.

La Unión Europea y el FMI tienen el dinero y la capacidad para posibilitar una recuperación basada en políticas contra-cíclicas en Grecia así como en los Estados del Báltico. Si involucra una reestructuración de la deuda –o incluso un corte de pelo para los tenedores de obligaciones– así sea. Ningún gobierno debería aceptar políticas que le dicen que debe sangrar su economía por un tiempo indeterminado antes de que se pueda recuperar.
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* Mark Weisbrot es economista y codirector del Center for Economic and Policy Research. Es coautor, con Dean Baker, de: Social Security: the Phony Crisis. Este artículo fue originalmente publicado en The Guardian.

Fuente:
Rebelion.Org
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